… es un fenómeno cuya explicación ha resultado problemática pues implica que el individuo que coopera incurre en un costo que brinda beneficios a terceros, lo cual, en principio, parece ser una situación evolutivamente inestable. Un ejemplo paradigmático es el de la abeja “kamikaze” que clava su aguijón al potencial agresor de la colmena, y así sacrifica su vida ¿Por qué no dejar que otra abeja lo haga? Justamente lo inestable de las situaciones de cooperación proviene del hecho de que el individuo cooperador podría ser explotado por individuos no cooperadores. A pesar de esto, los biólogos han dado con una explicación general de la cooperación en el reino animal que se basa en la selección de parentesco: los comportamientos altruistas pueden evolucionar en la medida en que benefician a parientes (Hamilton, 1964). En el ejemplo, la abeja muere pero, al mismo tiempo, al disuadir a la potencial amenaza, aumenta la probabilidad de supervivencia de madre y hermanas quienes posiblemente pasen a las próximas generaciones la genética asociada a la conducta cooperativa. No obstante, la selección de parentesco no parece ser una explicación suficiente para comprender la cooperación a gran escala y entre no parientes que se da en humanos. Respecto a este punto, se han propuesto la “reciprocidad indirecta” y los mecanismos de seguimiento de la reputación como los procesos que podrían permitir que la cooperación entre personas no emparentadas sea estable (e.g., Nowak & Sigmund, 2005). Es decir, al momento de evaluar si queremos o no cooperar con alguien, las personas somos sensibles, no sólo a los intercambios directos que hemos tenido con esa persona (reciprocidad directa), sino también a la información disponible acerca de los intercambios entre esa persona y terceros (reciprocidad indirecta). Por ejemplo, en juegos económicos experimentales que involucran dinero real, las personas suelen tener mayor confianza en personas que se han mostrado cooperativas o altruistas con terceros (e.g., Barclay, 2006). En la vida cotidiana, en su mayoría, la información acerca del comportamiento de los demás la obtenemos a través de conversaciones (¡y ahora también a través de Facebook y Twitter!), y hay evidencia de que gran parte de nuestras conversaciones giran en torno a lo que denominaríamos chismes. Al parecer, contamos con sesgos no conscientes a prestar mayor atención a información con contenido social que no social, especialmente si es de tinte negativa (Anderson et al., 2011). En suma, para poder sostener la cooperación entre no parientes, hemos evolucionado cerebros ávidos por información acerca de la reputación de los demás. Claro que los ambientes modernos han cambiado en aspectos importantes respecto al ambiente en el que originalmente apareció el rasgo (imagínense tiempos prehistóricos de grupos humanos de mucha menor densidad poblacional), y así es que hoy en día existen gran cantidad de programas de TV que sólo tratan sobre chismes de la farándula que probablemente sostienen su rating justamente porque explotan este aspecto “primitivo” de nuestro cerebro. De manera análoga a como nos da miedo ver una película de zombies, si bien sabemos que los zombies no existen, nuestros cerebros fácilmente se “enganchan” con información acerca de personas “famosas” con las cuales tenemos bajísimas probabilidades de interactuar (en muchos casos ¡para mejor!), y que es por lo tanto en gran parte irrelevante. En síntesis, partimos del problema de la evolución de la cooperación; pasamos por el ejemplo de la abeja y la selección de parentesco como la explicación preferida de los biólogos; y terminamos con los mecanismos de reciprocidad indirecta y reputación para explicar la cooperación entre no parientes y el inagotable apetito humano por los chismes.

Referencias

  • Anderson, E., Siegel, E.H., Bliss-Moreau, E., & Feldman Barrett, L. (2011). The Visual Impact of Gossip. Science 332, 1446-1448.
  • Barclay, P. (2006). Reputational benefits for altruistic punishment. Evolution and Human Behavior, 27, 325-344.
  • Hamilton, W. D. (1964). The genetical evolution of social behavior, I & II. Journal of Theoretical Biology, 7, 1-52.
  • Nowak, M. & Sigmund, K. (2005). Evolution of indirect reciprocity. Nature, 437, 1291-1298.
  • Dr. Esteban Freidin, Investigador del CONICET, desarrolla su actividad en el CERZOS (UNS-CONICET)

 

Volver