Mónica Poverene*

Hace poco tiempo,  Susan McCouch, de la universidad de Cornell llamó la atención sobre la necesidad de explorar y utilizar recursos genéticos para duplicar la disponibilidad de alimentos en los próximos 25 años (Nature 499, 4 julio 2013). Coincidentemente, el 42° Congreso Argentino de Genética, celebrado en Salta en octubre pasado, otorgó un espacio de privilegio a los recursos genéticos: cuatro conferencias, cinco simposios, cuatro foros de la producción y numerosas comunicaciones libres dedicados a diversos aspectos de los recursos vegetales y animales como fuente de germoplasma para el mejoramiento genético de cultivos y rodeos. A pesar de la enorme biodiversidad existente, la humanidad obtiene el 80% de su alimento a partir de unas pocas especies vegetales y animales, tal vez unas 15, que ya han alcanzado sus máximos rendimientos fisiológicos. Esos límites podrían ser superados incorporando variabilidad existente en especies silvestres relacionadas con los cultivos, parientes salvajes del ganado doméstico y variedades locales (landraces) domesticadas por los nativos de distintas regiones.

Esas fuentes de germoplasma han sufrido y sobrevivido a cambios ambientales extremos y su capacidad adaptativa podría ser aprovechada para aumentar la producción. Aunque los mejoradores genéticos son precavidos en relación a esto, existen numerosos ejemplos de importantes avances agronómicos logrados mediante la incorporación de características de materiales silvestres. La tolerancia a los herbicidas imidazolinonas hallada en una población de girasol silvestre del estado de Kansas, EEUU fue transferida al girasol cultivado mediante cruzamientos y aunque tomó algún tiempo eliminar los caracteres silvestres indeseables, a partir de esas descendencias se obtuvieron las variedades actuales conocidas como Clearfield®. En forma similar se ha logrado resistencia a enfermedades, tolerancia a la salinidad y aumentos en la productividad de numerosos cultivos. La biodiversidad vegetal se almacena en bancos genéticos de todo el mundo, colecciones de materiales silvestres y domesticados a los que los mejoradores recurren en busca de soluciones para enfrentar estreses bióticos y abióticos de los cultivos. Sin embargo el potencial de esa diversidad ha sido apenas explotado. Hace falta desarrollar herramientas para evaluar, discriminar y transferir información genética de una manera eficiente a fin de lograr avances en tiempos razonablemente cortos. En ese sentido, las nuevas técnicas de análisis genómico permiten identificar rápidamente genes de resistencia a enfermedades o tolerancia a estrés y seleccionar en cada generación los pocos individuos de mayor valor genético sin recurrir a largos y costosos ensayos multiambientales. La evaluación a campo de los fenotipos es probablemente la etapa más difícil del mejoramiento, pero la información ecológica combinada con datos de secuencias genéticas puede facilitar enormemente la tarea. Los resultados de la investigación sobre recursos genéticos deben ser transferidos a los usuarios, empresas dedicadas a mejoramiento genético, cabañas y en última instancia al productor agropecuario. En ese sentido, el sector público y el privado deben cooperar para enfocarse en el objetivo de lograr variedades localmente adaptadas para resolver los problemas de la producción regional. CERZOS se encuentra en una región donde los estreses abióticos (sequía, frío, salinidad) son severos limitantes de la producción vegetal y animal, pero ofrecen una oportunidad única para la investigación y experimentación. Tal como se expresara durante el mencionado Congreso Argentino de Genética, la formulación de políticas públicas sobre el uso de recursos genéticos es una materia pendiente y su contribución es estratégica para la soberanía nacional. 

*Dra. Mónica Poverene, investigadora del CERZOS (CONICET-UNS) y  profesor del Depto. de Agronomía de la Universidad Nacional del Sur.

 

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