Miguel Angel Cantamutto*

Por su destacada capacidad potencial  para contribuir a la satisfacción alimentaria de la humanidad, las regiones semiáridas del mundo ameritan una focalización científica especializada. La elevada fragilidad de sus agroecosistemas desafía al desarrollo tecnológico para que se posicione a la altura de las circunstancias.  Las técnicas de producción agropecuaria viables para esas regiones deben  ajustarse para asegurar que la producción sea sostenible en el tiempo. Ello lleva a enfocarse en el mantenimiento de la biodiversidad natural, la conservación del suelo y el logro de un buen nivel de vida para sus productores.

Viviana Echenique

El trigo representa el 17% del área mundial cultivada, es decir, unas 220 millones de hectáreas, que se traducen en aproximadamente 607 millones de toneladas de grano  que constituyen el 55% de los carbohidratos consumidos por el hombre y una fuente importante de proteínas. En Argentina el trigo es el cereal de invierno más importante, difundido en una amplia gama de ambientes agroecológicos y es estratégico en las rotaciones por su contribución a la sustentabilidad.

María Amelia Cubitto y Lorena Inés Brugnoni  (*)

En las últimas dos décadas, se ha prestado atención al hecho que la mayoría de los microorganismos no se encuentran exclusivamente de forma libre, sino que forman parte de comunidades microbianas con estructuras tridimensionales complejas, con  interrelaciones entre sus individuos, que se asemejan al comportamiento de los organismos pluricelulares

Juan Manuel Martinez, Juan A. Galantini, Fernando López, Matías Duval*

El nitrógeno es el nutriente más limitante para la producción agrícola, especialmente en cereales, y es importante conocer como es su dinámica, para lograr sistemas de productivos sustentables. Es indispensable el correcto diagnóstico de las necesidades para aplicar la cantidad óptima de fertilizante. En las regiones semiáridas y subhúmedas la estimación es más difícil, pudiendo llevar a problemas económicos y/o ambientales.

Matias Duval, Fernando López, Juan Manuel Martínez, Julio Iglesias, Juan Alberto Galantini, Luis Wall

Para evaluar la calidad del suelo se deben seleccionar propiedades químicas, físicas y/o biológicas del suelo que sean sensibles a las prácticas de manejos y puedan ser utilizadas como indicadores tempranos de los cambios que se producen. La materia orgánica es el indicador más ampliamente utilizado, si bien los mejores resultados se obtienen combinándolo en los índices relacionados con las funcionalidad del suelo.

INTRODUCCIÓN

La conversión de pastizales naturales en tierras de cultivo puede dar lugar a modificaciones significativas en los procesos y propiedades del suelo y alterando su normal funcionamiento (Dawson & Smith, 2007). Numerosos trabajos han puesto de manifiesto que los cambios en las prácticas de manejo y usos del suelo influyen sobre los indicadores de fertilidad y calidad del suelo (Raiesi, 2007). Para evaluar la calidad del suelo se pueden establecer índices y relaciones vinculadas a la materia orgánica (MO) o carbono orgánico total (COT). Estos índices son indicadores tempranos y eficientes de cambios en la calidad del suelo dados por el sistema de producción (Bayer et al., 2009), incluso antes que cambien los contenidos de COT. Entre ellos se encuentran el índice de manejo del carbono (IMC), el índice de labilidad (IL) y el índice de reserva de carbono (IRC) originalmente propuestos por Blair et al. (1995), donde relaciona los niveles de carbono orgánico (CO) y su labilidad. Estos índices pueden proporcionar un parámetro útil para evaluar la calidad del suelo en diferentes sistemas de producción o bajo diferentes prácticas de manejo (Blair et al., 2006, Verma & Sharma 2007).

¿Sabía Usted que el uso de cultivos de cobertura es una conocida práctica que está comenzando a difundirse en los últimos años de la mano de la siembra directa?

Se designa como cultivos de cobertura a plantas herbáceas perennes o anuales, en cultivos puros o mezclados para cubrir el suelo durante todo o parte del año. No se cultivan para cosechar, sino para llenar vacíos, sean de tiempo o espacio, de suelo desnudo que dejan las siembras comerciales. Su crecimiento es interrumpido antes de la siembra del siguiente cultivo o bien después de la siembra de éste, pero antes que comience la competencia entre ambos. Los residuos de los cultivos de cobertura juegan un papel importante tanto en la protección del suelo y del agua, además de otros beneficios para el sistema productivo. Entre ellos, mejorar la infiltración de agua en el suelo, actuar como destino de nutrientes que de otra manera se perderían por lavado o volatilización, disminuir la aparición de malezas mediante competencia y alelopatía, controlar enfermedades e insectos por medio del incremento de la biodiversidad, aportar carbono y nitrógeno (cuando se usan leguminosas) al suelo.

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