Juan Manuel Martínez

Durante muchos años, se consideró al planeta tierra como una fuente inagotable de recursos y como un receptor de los residuos generados. En adición, los residuos generados no reciben un tratamiento adecuado para su eliminación, lo que contribuyó a una “crisis ambiental”. Actualmente, se hace una explotación de los recursos, con el fin de transformarlos en nuevos productos y residuos, sin considerar el valor que pueden tener estos últimos.


Esta situación a nivel mundial, no escapa a la producción agroindustrial en nuestro país. Más precisamente, en el sudoeste bonaerense semiárido -dentro de los que comprende el área de influencia del CERZOS- los sistemas productivos tuvieron un adecuado balance de agricultura y ganadería. Sin embargo, en las últimas décadas se fue abandonando esta situación, con una visible tendencia hacia la intensificación de la agricultura. Este cambio, apoyado en demandas de corto plazo y disminución de las tecnologías de procesos, implicó una mayor degradación del recurso suelo, debido a la disminución del tenor de materia orgánica. Esto obliga a un serio replanteo de las asignaciones de uso y a la adopción de tecnologías tendientes a minimizar y/o revertir los procesos desencadenados por la aplicación de prácticas inadecuadas.

(a la izquierda) Diferentes residuos agroindustriales:alperujo de oliva, compost de cebolla-estiércol y cáscara de girasol compostada y (a la derecha) un cultivo de trigo en estadios tempranos.

Entre los sistemas productivos del sudoeste bonaerense, existen más de 12 mil hectáreas de cultivo de cebolla con una producción de 450 mil toneladas anuales, dejando 70 mil a 180 mil toneladas de descarte. Asimismo, la producción pecuaria aporta 190 toneladas anuales de estiércol. Además, se producen 54 mil toneladas anuales de cáscara de girasol, y unas 3100 toneladas anuales de residuos de olivos provenientes de la producción aceitera. En la actualidad, un número cada vez mayor de empresas agrícola-ganaderas le confieren un mayor valor agregado a su producción, frente a la necesidad de aumentar los niveles de rentabilidad. Entre ellas, la utilización e integración de tecnologías como el uso de residuos orgánicos o enmiendas, son consideradas una alternativa para la recuperación de suelos degradados mejorando el crecimiento de las plantas y la fertilidad del suelo. Para su uso como enmienda orgánica, la calidad de un residuo está determinada por la sumatoria de diferentes propiedades, entre ellas la materia orgánica, nitrógeno (N), fosforo, potasio entre otros.

En esta región, donde la dinámica de las fracciones orgánicas del suelo y la disponibilidad de Nitrógeno difiere con respecto a regiones húmedas; la aplicación de enmiendas, influiría directamente sobre la calidad del suelo y el desarrollo vegetal. En general, la mayor parte del contenido de Nitrógeno (nutriente más abundante) de las enmiendas se encuentra en forma orgánica, lo que permite una mineralización más lenta hacia formas asimilables. Esto contribuye a reducir las pérdidas de Nitrógeno, debido a la mayor sincronización con las necesidades de los cultivos. Por todo esto, la transformación del material orgánico agregado al suelo afecta la disponibilidad de Nitrógeno. Esto abre un nuevo paradigma en la producción regional, es decir, la aplicación de residuos agroindustriales con características nutricionales aptas, permitirá sustituir o reducir el uso de fertilizantes sintéticos. Esto generará una producción circular con menor necesidad de factores externos, donde los residuos que se generan se convierten en recursos productivos. De esta manera, se podrá aspirar a dar una mayor sostenibilidad al sistema y obtener nuevos productos con valor comercial.

*Dr. Juan Manuel Martinez, Investigador CERZOS y docente del Departamento de Agronomía, UNS.

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