Daniela Soresi*

La enfermedad de trigo conocida como “Fusariosis de la Espiga” causó en Argentina durante la campaña 2012/13 pérdidas de rendimiento superiores al 50% en las regiones más afectadas, ocasionando grandes pérdidas económicas.
El hongo causante de esta enfermedad es principalmente Fusarium graminearum que puede sobrevivir durante varios años en los lotes, sobre los residuos de plantas infectadas que permanecen en la superficie del suelo. Cuando se dan condiciones climáticas especiales durante la floración del trigo, como la ocurrencia de lluvias, humedad relativa alta y temperaturas cálidas, se favorece la ocurrencia de infecciones. A través de gotas de lluvia o el viento, los macroconidios (esporas asexuales del hongo) se dispersan desde el suelo hacia la espiga iniciando la infección. Las espigas afectadas presentan síntomas fácilmente reconocibles como el blanqueamiento de las flores; por esta razón la enfermedad también es conocida como “golpe blanco”. Los granos de estas espigas presentan un tamaño y peso por debajo del esperado, con una superficie rugosa y coloración rosada debido al crecimiento superficial del hongo.

 

La presencia de este hongo en el cultivo disminuye el rendimiento y la calidad de los granos. Además, se dificulta su comercialización por la presencia de micotoxinas, sustancias tóxicas producidas por el hongo. Una de las principales micotoxinas producidas por F. graminearum es una vomitoxina, denominada así por la capacidad de producir nauseas al consumir harina derivada de granos infectados. La contaminación de alimentos con micotoxinas es un problema importante para la salud pública. Resulta entonces imprescindible el monitoreo de los niveles de micotoxinas a fin de establecer si son inferiores a los umbrales máximos permitidos en harina de trigo, subproductos y alimentos elaborados en base a trigo. Esto incluye concientizar a los productores agropecuarios y molinos acerca de la necesidad de realizar análisis químicos de los granos y harinas, al menos en los años en los que se dan condiciones climáticas favorables para la aparición de la enfermedad.


La estrategia más eficaz para reducir el impacto de la enfermedad es la siembra de materiales portadores de genes de resistencia a F. graminearum. Sin embargo, el desarrollo de variedades resistentes ha demostrado ser una tarea difícil a la cual numerosos programas de mejoramiento del mundo han dedicado su esfuerzo. A pesar del empeño, han sido generados relativamente pocos cultivares resistentes por cruzamientos convencionales. Los mejoradores se enfrentan a diferentes retos, entre ellos, la herencia compleja de la resistencia y la influencia del ambiente en la evaluación de la enfermedad. Gracias a los avances en biotecnología y biología molecular, se han identificado las regiones dentro del extenso genoma de trigo que contienen genes de resistencia a la “Fusariosis de la Espiga”. Utilizando secuencias de ADN podemos reconocer las plantas portadoras de estos genes y la forma en la que participan en la batalla contra el hongo. Se espera que estos avances contribuyan a la generación de nuevas variedades resistentes que eviten el riesgo potencial en la salud y conserven las características agronómicas y de calidad exigidas por el mercado nacional e internacional.

*Dra. Daniela Soresi, becaria posdoctoral CERZOS y docente del Departamento de Biología, Bioquímica y Farmacia UNS.

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