Juan Rodrigo*

  Si escribimos “transgénicos” en cualquier buscador aparecerán un sinnúmero de imágenes con hortalizas poco amistosas o zombis comiendo algún vegetal. Estas imágenes que se encuentran lejos de la realidad no son más que simples magnificaciones de lo que la gente cree que es un transgénico.

Un transgénico, u organismo genéticamente modificado (OGM), es aquella planta, animal, hongo o bacteria a la que se le ha agregado, por ingeniería genética, uno o pocos genes específicos con el fin de producir proteínas de interés o bien mejorar ciertos rasgos. Desafortunadamente las campañas contra los transgénicos han abusado de la desinformación y tergiversación de los hechos y es necesario generar una base de conocimiento para desterrar algunos mitos sobre esta tecnología.
Algunas personas se alarman porque “nos están haciendo comer genes”, sin saber que todos los seres vivos tienen genes. El maíz tiene unos 33.000 en cada célula, así que un gen más no hace la diferencia. Tampoco es cierto que esos genes puedan transferirse a nuestro ADN, el proceso de digestión y las barreras moleculares hacen imposible su transferencia, sean o no transgénicos.
En Argentina se comercializan sólo tres OGM (soja, maíz y algodón) resistentes a herbicidas e insectos, por lo que claramente es erróneo el concepto de que “los tomates tienen menos sabor porque son transgénicos”. Si bien la mayoría de estos productos se exportan para alimentar ganado, estamos consumiéndolos a diario desde las hojuelas de maíz del desayuno hasta la milanesita de soja (y eso sin contar la lecitina de soja que se utiliza como emulsionante en galletitas, chocolates, etc.).
Quienes están a favor del uso de esta tecnología argumentan que los OGM llegaron para resolver los problemas de alimentación mundial, bajar costos de producción y aumentar la rentabilidad de los productores. Sin embargo, esto no es del todo cierto, el hambre es solo un problema de distribución, actualmente se produce la cantidad de alimento necesaria para toda la población y aun así una de cada ocho personas sufre de desnutrición. El problema más concreto y real de esta tecnología es el abuso en la aplicación de herbicidas y su impacto ambiental.
En el “negocio de la comida” hay mucho dinero en juego y la información brindada puede encontrarse sesgada por intereses económicos. No debemos quedarnos con la propaganda empresarial ni con la opinión de quienes se oponen, es más, ni siquiera con lo escrito en este artículo. Es necesario escuchar diferentes voces, investigar, contextualizar la información y así generar opiniones propias sobre estos temas controversiales.

* Dr. Juan Rodrigo, becario posdoctoral del CERZOS (CONICET-UNS) y docentes del Depto. de Agronomía de la Universidad Nacional del Sur.

 

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